2012 y los inescrutables designios de mi lastimada fuerza de voluntad

Es curioso. Abrí mi blog pocos meses antes de la quiebra de Lehman Brothers. Mi trabajo, si podemos llamarle así, se ha forjado bajo el desmantelamiento salvaje de este país. Mis post, lecturas, entrevistas, fotos, movidas, y lo que se os ocurra que haya hecho (o que no haya hecho, qué más da) han discurrido hasta la fecha mientras millones de personas se quedaban en la calle y muchas empresas naufragaban ante los designios del gran capital. También he escrito a altas horas de la madrugada mientras varios centenares, o puede que miles de gordas han intentando perder peso desesperadamente. Me han acompañado nuevos dealers que me han facilitado las cosas, y me han dislocado el tabique nasal algunos milímetros, todavía imperceptibles al ojo humano, incluso para la pantalla retina. Cuatro años relativamente caóticos, que ahora abruman mi mente a causa de la cerveza que he sustituido por la comida y este post perjudicado por un último fin de semana más destroyer de lo esperado.

Porque en la vida todo es más destroyer de lo esperado. Más caótico de lo admisible. Infinitamente menos normal de lo recomendado por las autoridades sanitarias y por los escritores de autoayuda. Pero qué le vamos a hacer, let it flow. Nadie nos obliga a vivir ochenta años. O eso tenemos que asumir algunos, para poder sobrevivir según nuestros escasos principios el resto de años que nos quedan por delante. Nadie nos ha preparado una guest list para que la vida vaya según lo previsto. Y hay que tomarse en serio el festival de demencia que aguarda en la esquina más inesperada, en el peor momento de todos, el día en que decidimos comprarnos unos patines en línea.

El doblete nocturno de este fin de semana ha dejado evidentes secuelas en mi lastimada psique. De ahí que tratar de engañar a un niño para que me dé la merienda es cada semana más complicado. Suerte que lo único que me tomo en serio en esta vida es el señor de Las Ramblas de Barcelona que imita a Michael Jackson y hace un moonwalk de más de dos metros, sin cuerda.

Y luego están los agradecimientos a todos y todas aquellos que hacéis un Vanity el día menos pensado. Aquellos y aquellas que me soportáis cuando llamo a vuestra puerta y os saqueo la nevera sin previo aviso. A las mujeres que creo que no he dejado embarazadas. A mis editores, a mis amigos, que tanto escuchan mis constantes fracasos con mi fuerza de voluntad que quiere, a veces, respetar los jardines del vecino, así como a aquellos que me alojáis en Berlín y en París. Y a todos los libros que he leído. Aunque sean de papel, les debo estar igualmente agradecido. Incluso a mi iPad, por tener una pantalla de 9,7 que me permite construir castillos de polvo inagotables.

Y al techno.
Y a la ginebra.
Y a Youporn.
Y a Manitou.
Y a mis mentores.
Y a la Barceloneta y El Filósofo.
Y a mis compañeros de batallas Gin y Riot.
Y los que comparten, con generosidad e inestimable talento, mi lista de destacados de Spotify.

Veré amanecer este 2013 en un pueblo abandonado del Norte de Catalunya. Regresaré otra vez de noche, con un traje de militar y unas botas de ante. Como siempre, para estar preparado para lo que tenga que venir.

Que no pare de sonar, este 2012, el tema más necesario para los tiempos que corren.

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